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jueves, noviembre 23, 2006
Lamujerdemivida invita
 
No te pierdas Bacanal Lupanar Música y Dibujo en vivo este viernes, 24 de noviembre. Nueva banda, nueva modelo y alguna sopresa de último momento. Lugar: Centro Cultural Pachamama, Argañaraz 22, Buenos Aires, a las 21 hs.
 
posteado por La mujer de mi vida a 1:25 p. m.
 
 
1 Comentario(s):
Anonymous Anónimo dijo...
?El diezmo?

Eran las cinco de la tarde y aún no se había despertado en mí el deseo de una buena taza de chocolatada y las clásicas vainillas que la acompañan; por eso decidí salir a caminar en un intento por combatir mis pocas ganas. Salí a la puerta de mi casa y fue como si el sol penetrase mis pupilas. Era un día espléndido y ya se escuchaba a los chicos jugando a la pelota y a las señoras setentonas chusmeando las novedades barriales ajenas. En ese momento, miré el cielo y decidí no quedarme divagando, como era habitual en mí, sobre la forma de las nubes y sus similitudes con los objetos de nuestra realidad. Me eché a andar. Caminaba lentamente, mientras observaba con atención la vereda. No sé que buscaba. Tal vez, nada. Unos pasos más adelante, casi llegando a la casa de esa señora de cejas prominentes y ese cartel ridículo en la puerta que decía ?cuidado con el perro? contradictoriamente con la miniatura que tenía por mascota, encontré un boleto en el suelo que llamó mi atención. Jamás se me hubiera ocurrido que semejante cosa podría despertar mi interés, pero lo hizo, y sin dudarlo un segundo, lo agarré. Lo guardé inmediatamente en mi bolsillo de jean descosido y seguí mi marcha. Mientras mis ojos analizaban la sombra de los sauces de la esquina reflejados en la vereda, sentí como el guardia de seguridad de la cuadra patrullaba mis pasos como si fuera el más amenazante asesino. Su mirada obstruida por la visera de la gorra y la cantidad exagerada de tatuajes en sus brazos me alarmaba y me impedía mantener la calma. Con mis venas llenas de adrenalina, seguí andando y para disimular mi pánico, decidí simular ocupación y saqué el boleto de mi bolsillo. Lo miré con atención y pude corroborar la línea de colectivo y el valor del viaje pese a mis ojos miopes. Me pregunté por un instante de quién habría sido ese boleto, qué destino tuvo esa persona y por qué lo habría arrojado a la vía pública y lo volví a guardar. Seguí divagando hasta olvidar la imagen atemorizante del guardia que no había cambiado sus coordenadas. Llegué al cordón y me pregunté que pasaría si mi mundo se limitase a la manzana en la que vivía. Podría relacionarme y comunicarme solo con los vecinos de aquella manzana; a los cuales, o detestaba o desconocía. No era una grata posibilidad. Entonces, miré si venía algún auto con o sin intenciones de atropellarme y le di la orden a mis torpes piernas de seguir la marcha. En ese momento, pude ver a dos señoras paradas en la esquina, justo frente a mí. Una de ellas me resultaba conocida, tal vez era amiga de mi abuela. Ante la duda, la saludé con una sonrisa para evitar una crítica posterior.
Caminé aproximadamente treinta metros más con la sonrisa impregnada en mi cara, hasta que un grupo de personas en la vereda de en frente despertó mi curiosidad. Entraban como malón en aquel lugar, que desde el ángulo en el que yo estaba, parecía un local, un negocio de barrio austero con ventanal grande a la calle y un cartel en letras azules que no podía leer con claridad. Decidí seguir avanzando. Evidentemente tenía poco para hacer. Cuando desde la vereda de enfrente pude leer con nitidez las letras del cartel me di cuenta que ese lugar no era ni un almacén ni un supermercado de barrio. Lo habrían inaugurado hacía pocos días porque pese a vivir a dos cuadras no me había enterado hasta ese día. Continué observando desde la sombra que me proveía un Jacaranda, a todas esas personas que entraban en lo que yo llamo un ?contingente de desahuciados?; cada uno reflejaba, al menos, una sensación diferente, pero a la gran mayoría de ellos los caracterizaba una actitud que me resultaba penosa: sus rostros reflejaban ilusión y desesperación simultánea.
En aquel momento, yo aún me preguntaba, por qué motivo esta gente recurría a esta creación terrenal: ?La nueva iglesia de los esclavos e hijos del Señor?. Nunca había entendido por qué hay ciertas palabras como ?señor? con la connotación religiosa que llevan mayúscula, si la razón era la importancia y poder de la palabra, entonces jamás lo entendería. Prefería no entenderlo.
Mientras una de las vecinas del nuevo templo podaba sus plantas en la vereda, yo me seguía planteando una de las contradicciones que ese día me perturbó súbitamente.¿Cómo estas personas podían ser hijos y a la vez esclavos del ?Señor??. Para mí esto rozaba el absurdo o era una gran manipulación humana.
Dejé de pensar tanto(aunque nunca en verdad lo dejaría de hacer), y crucé la calle en pos de mi curiosidad. Si no entraba al templo barrial no mataría las dudas. Quería conocerlo en su interior; porque realmente no me imaginaba que pudiese diferir mucho de un almacén o una despensa. Además, deseaba saber quienes lo controlaban y qué le decían a toda esa gente que desesperada entraba por la puerta principal como en busca de la salvación .
Entré sin vacilarlo. Me puse nervioso. Sólo yo lo notaba probablemente, porque sabía cuál era mi real objetivo: recorrido de chusma, más que oficio de besa santos. Caminé unos pasos por el piso de mármol beige y de repente todo fue contradictorio con el frente austero y humilde de aquel templo de barrio. Las luces dicroicas resaltaban la modernidad de la decoración y los bancos de cedro barnizado acompañaban a tono el piso de mármol. Me sorprendí e inmediatamente pensé en lo adinerados que eran los siervos terrenales de dios. Los mandamientos comenzaron a girar en torno a mi conciencia recordándome lo contradictorio de todo.
El templo estaba plagado de personas que lloraban en sus pañuelos por la muerte de sus hijos, el desempleo, enfermedades incurables y una lista larga de acontecimientos que rondaban entre lo místico y lo milagroso (escuchaba mientras recorría tratando de lograr cierta naturalidad). Todo era muy confuso y a la vez desesperante. En un altar bajo de madera, se alzaba la imagen pulcra y respetada del pastor: un hombre cincuentón con pelo gris y arrugas delicadas. Hablaba con un acento que no pude reconocer, pero sí pude notar la gracia de sus movimientos y la paz que le transmitía a la gente con sus oraciones de perdón y sus canciones de súplica, que todos los presentes, menos yo, acompañaban con desafinada melodía. Esa masa de ruido, no sonaba tan mal finalmente y actuaba como invitación para los transeúntes de la zona que acompañando a su curiosidad, entraban en la iglesia. Los cantos prosiguieron hasta desencadenar en una oración colectiva que todos al unísono pronunciaban en latín. Muchos probablemente, ni sabían que decían, otros la repetían por fonética, pero parecían felices.
Me senté en el extremo de un banco en la antepenúltima fila, esperando pasar desapercibido, hasta que una vez finalizada la oración que yo no simulaba saber, un hombre grandote y de mediana edad se me acercó con su corbata negra y una canasta pequeña de mimbre. Me dijo vehemente : -Hora del diezmo, hermano.
Por un momento, entendí todo abatido por el autoritarismo del pedido, que esperaba no volver a escuchar. Entonces, revolví en el bolsillo de mi pantalón ese caos de monedas pequeñas y boletos de colectivo. Tomé al azar, por casualidad, el mismísimo boleto que había encontrado metros antes y lo puse con inocencia en la canasta.Ante la cara de desconcierto del hombre, le dije: - Este es el diez por ciento de mis bienes personales. Cuide y valore este boleto que para mí es un tesoro. Dios va a saber apreciarlo, se lo aseguro. Mientras el hombre pensaba un argumento para combatir mi trasgresión, me levanté y caminé lentamente tarareando esa canción de iglesia que de fondo comenzaba a sonar.

1:19 p. m. 
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