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viernes, junio 29, 2007 |
RELECTOR
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Mientras lectores ávidos de descubrimientos andan a la caza del último escritor, aquel que hurga en su biblioteca para reencontrar las líneas que otrora leyó con placer, sacrifica la delicia que provoca lo desconocido, por ese deleite conformista que sólo produce la familiaridad. En el momento preciso, en el punto acordado, sin fallar, como una flecha en el centro de una manzana, el relector encontrará, una vez más, la misma escena por él anticipada. Como quien vuelve al abrigo del primer amor, el relector busca la felicidad perdida de la primera lectura. Su anhelo es la permanencia; su ansia, una estabilidad sin sobresaltos. Pero ante todo, un relector es un nostálgico: desea revivir ese estado de gracia de cuando todavía no había leído lo que hoy relee. Su afición por ese libro es un cariño fantasmal. Su riesgo reside, sin embargo, en que la nueva lectura termine por alejarlo aún más de aquel goce originario. O que en su afán por resucitar sensaciones, compruebe con desazón, que aquel mancebo que alguna vez supo entregarse con fervor a ese texto, estaba irremediablemente privado de buen juicio. En ese caso, el relector relee para no volver a hacerlo; desencantado del pasado, mira escéptico hacia el futuro. Después de cierta edad, cuando alguien es sorprendido con Moby Dick bajo el brazo o Cien años de soledad en la mesita de luz, él mismo se encarga de aclarar que, más que leer, ahora se dedica a la relectura (por no atreverse a admitir que se trata de la primera). Quien relee revisa, replantea, pero sobre todo, manifiesta un profundo desinterés por todas aquellas obras que nunca leerá. Cree que todo lo bueno ya ha sido escrito y que ningún libro entre los lanzamientos será capaz de empatar siquiera a cualquiera de los que él ya ha leído. Por eso en la Feria del Libro ningún relector suele ser bienvenido.
Eugenia Zicavo |
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posteado por La mujer de mi vida a 1:19 p. m.
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